Memorias del Oriente Antioqueño

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Entrelazando relatos

Sábado, 22 Agosto 2015 00:00

Perdonando en el tiempo: memorias de Santa Ana

Escrito por
Omaira Giraldo, ex inspectora de Santa Ana Omaira Giraldo, ex inspectora de Santa Ana Fernando López

Omaira Giraldo fue la única figura pública que representó al Estado durante años en Santa Ana. Su testimonio de vida y la valentía de su corazón la hicieron regresar a su pueblo para darle otra mirada, para sanar heridas, para seguir adelante con la construcción de ciudadanía.

 

Su mirada puede mostrar terror, paciencia y un poco de resignación. Sus ojos llenos de orgullo se ven pesados al recordar un oscuro pasado. Un abrazo, un poco pequeño debido a su estatura, pero muy caluroso por la grandeza de su corazón.

 

Una voz de constante fumador, a pesar de que nunca probó un cigarrillo, pues el único humo que entró a sus pulmones provenía de las explosiones que se encargaron de acabar con su pueblo. Sus palabras suscitan un entusiasmo contagioso que pocos podrían imaginar. La delicadeza de sus manos nunca demostrará la tenacidad de la que es capaz.

 

Un baño diario, un café con pan, antes de salir a luchar, a convertirse en una heroína que defiende a los indefensos. A diferencia de muchos otros, ella eleva consciencias sin alzar la voz. Su combate no es con armas, es con pasión.

 

Omaira, de 36 años, abraza a Daniel, su hijo de ocho y despidiéndose le pide que cuide a su hermana Sara que tan sólo tiene uno. Hoy sus pasos la llevan de nuevo a ese lugar que tanto quiso y que con tanto dolor atestiguó su declive.

 

En el casco urbano de Granada, ella se trepa a una chiva que la lleva a Santa Ana. Una trocha de 24 kilómetros, casi intransitable, que explica las tres horas de recorrido que separan al Municipio del Corregimiento. Pero, más que camino, se convierte en un viaje al pasado lleno de recuerdos amargos y dolorosos, de esos que quisiera botar como se desechan las cosas que ya no sirven.

 

El olor que antes era natural ahora es nostálgico, pletórico de aromas que le recuerdan su infancia, las fragancias que antes usaba para conquistar. Ahora el olor a sangre de quienes perdió la impulsa a una conquista menos sencilla para seguir con su interminable lucha buscando justicia.

 

Mientras se adentra en esos parajes de la cordillera central divisa los paisajes que antes consideraba paraísos, pero que ahora son testigos mudos del horror que sus habitantes padecieron. Las aguas de los ríos Tafetanes, Calderas y Cocorná llevan en sus corrientes el olvido y el adiós que nunca dieron aquellos que perdieron sus parientes, amigos, e incluso sus vidas.A menudo contempla la autopista Medellín-Bogotá –en su paso por Cocorná–que se convirtió en la única vía para salir con vida; un corredor de libertad que en su momento la sacaba de un lugar al que no esperaba regresar.

 

Niños, ancianos, jóvenes, unos inocentes, otros no tanto, y hasta quienes intentaron ocultarse en el último rincón,sucumbieron en medio de la furia de actores armados. La pelea por este territorio la desconocían la mayoría de los campesinos, los que no entendían por qué las tierras en ese momento eran de todos y de nadie a la vez, sin imaginar que serían ellos quienes pagarían el precio más alto.

 

Al llegar al poblado, la conmoción del momento inunda sus ojos de lágrimas. Ver la oficina que por mucho tiempo ocupó la regresa a esa impotencia a la que la redujeron los violentos. 26 años vivió en Santa Ana, una vida dedicada al servicio de la comunidad, unas cuantas horas para ella y un par de años esperando la paz y la tranquilidad que nunca iban a llegar.

 

24 grados centígrados, once pasos, un poco de temor. El calor humano ya está frío, el sonido de “la radio viva” se oye constantemente en los parlantes de un local comercial que sintoniza la emisora del Ejército Nacional. Se abren a la vista unas cuantas mesas, un agraciado parque y una plaza con dimensiones más que generosas para tan recónditas asociaciones mentales.

 

Rostros conocidos, unos gestos de bienvenida, estar ahí de nuevo hace a Omaira grande y pequeña al mismo tiempo. Sentir que alguna vez fue responsable de la defensa de lo poco que quedaba la hace ahora indefensa en el mismo lugar en el que anteriormente contaba con el apoyo de su comunidad. Ahora no es suya y no se le puede considerar plenamente una comunidad.

 

Las sonrisas y suspirosque antes daban tranquilidad hoy suenan tenebrosos. Las pocas personas que allí quedan están ensordecidas por el silencio que ahora reemplaza aquellas explosiones y llantos de madres que desgranaban padrenuestros rogando por el bienestar de un hijo reclutado para una guerra a la que no propiamente había sido invitado.

 

Mientras en algunos lugares no están conformes con sus manjares, en otros deben conformarse con lo que alcanza para compartir un desayuno tranquilo sin una silla vacía y sin alguien a quien esperar. El escenario de muchas muertes era antes el lugar tranquilo para cultivar y las aguas que sirvieron para desaparecer cuerpos sólo se usaban para hidratar.

 

Así recuerda Omaira los tiempos pasados. Ya no hay rencor, parece que el tiempo sanó aquellas lesiones que ningún retorno compensará. Pero, ¿cómo volver a empezar después de que se roban las ilusiones sin terminarlas de tejer?

 

Pensar en un final para el que nunca se está preparado deja tantos vacíos y heridas como muertes y desaparecidos. Tratar de olvidar es como pretender que siempre sea de día y que nunca llegue la oscuridad.

 

Santa Ana goza hoy de una relativa calma que sus moradores nunca confunden con la paz. Se puede ver que poco a poco se va desarrugando el alma de sus gentes, pero es necesario ser conscientes siempre del pasado que se vivió y del presente que se construye.

 

Van nueve años desde el desplazamiento que se presentó y no se puede ver una mejoría significativa. Lo que alguna vez cayó sigue caído y lo que se intenta levantar está todavía tan débil que para quienes quisieran volver a habitar no ofrece ningún tipo de garantías. Hombres armados que defiendan la población no son suficientes para que no emerja el miedo cuando se oculte el sol.

Como inspectora, como mujer o como madre, Omaira Giraldo siempre ha estado dispuesta a luchar por la justicia. Siente que su legado estará completo cuando en Santa Ana haya paz.

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